Pepi / Retrat #158

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“Confieso: nunca viví en el barrio de la Barceloneta. Pero está en mis quereres. Como este terreno ganado al mar por acumulación de arenas y aluviones alrededor de la isla de Maians, mi memoria acumula los motivos de mi predilección.
Uno. Calle Maquinista, un viejo arco de estética industrial recuerda que aquí estuvo la Maquinista Terrestre Marítima, gran fábrica nacional de trenes y barcos, en la que trabajó mi padre. En los 60, su militancia sindical casi lo deja sin empleo. Al final se calmaron las aguas y se quedó en la empresa 40 años.
Más: yo en su playa, en Las Golondrinas, cogiendo mejillones, con mi madre comprando sardineta. Venía alguien del pueblo y se le llevaba ipso facto a comer a un chiringuito. En Can Manel La Puda celebramos el banquete de mi primera comunión, todo un evento familiar.
Otros: Barcelona vivió muchos años de espaldas al mar. Yo no. Vallas, contenedores de mercancías y antiguas vías de tren no impidieron mi acceso a una existencia mediterránea. Playas de San Miquel, del Somorrostro, de la Barceloneta siempre fueron Olímpicas para mí. He escrito grandes síes en su arena, la misma en la que cayó una lágrima y varias penas fueron enterradas. Si hay luna llena se la puede perseguir hasta aquí y darle charla. Soy de sus bares y tabernas. El Absenta, el Electricidad, el Bar Leo, La Cova Fumada, El Vaso de Oro… Mientras duren son la mejor opción para tomar la última o para desayunar.
Último. Soy devota de una fuente, la dedicada a la bailaora Carmen Amaya. En 1959, Rafael Solanic esculpió 5 ángeles gitanos como tributo de la Barceloneta a esta hembra fenomenal. En medio del bullicio, este rincón remansa silencios y sabidurías. Que una mujer puede vivir con una enfermedad, ser gitana y menuda pero convertir su cuerpo en arte, hacerse universal y llegar a ser grande como los grandes, inmensa como el mar que la vio nacer.
Esta pequeña Barcelona enseña lo relativo de las magnitudes. Es Malecón habanero, Plaza del Comercio lisboeta, Picadilly Circus londinense o plaza de Santa Ana madrileña. Vecinos, domingueros, turistas… en mi barrio fetiche de sal y sol, pueden imaginar que no están en la ciudad. Casi siempre que echo a andar acabo en su orilla.”

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